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Un nuevo Titán – Titán Sierra de Cádiz

Un nuevo Titán

El Titán es un sueño contagioso que infecta y ensueña cada vez a más soñadores. Un sueño sin despertar, que se vive con los ojos muy abiertos. El Titán es un sueño que crece y se extiende sin límites como la marea, imparable, al que cada año acuden multitud a la llamada.

Una llamada que crece inexorablemente, irremisiblemente, inconteniblemente, porque son cada vez más los miembros de la comunidad triatlética que sienten la necesidad de pertenecer a la Tribu Titán, para poder completar su crecimiento y realización.

Una llamada que se multiplica en el tiempo y en el espacio y permitirá que sean muchos más los aspirantes que acudan a practicar “el Rito”. “El Rito” de renegar, para volver a estar. Renegar de la prueba justo antes de terminar el sacrificio de ser declarado Titán, para apenas transcurrido el tiempo, hacer firme propósito de volver a acudir puntual a la llamada.

En el sueño del Titán, Titanes son los que cruzan el arco de meta bajo la Torre Sagrada de Zahara, pero especialmente, Titanes son los que preparan y decoran el escenario con mimo y esmero para que así sea.

El Titán es un sueño que hermana, que establece puentes mágicos entre Algodonales, Zahara y cada uno de los rincones desde los que acuden los Titanes. El Titán es un sueño generoso, comprometido y solidario con otros Titanes que muy lejos luchan por su supervivencia.

Fotografía/ Diego Escobedo

Forja de titanes

Existe un lugar donde los “Principia Triatlética” cobran su completa dimensión. “Nadare, Ciclare y Correre” se convierten en gestos propios, en actos de reencuentro y ajuste con nuestro diseño genético original. Un diseño que nos habilitó para campar, merodear y recorrer grandes espacios en permanente búsqueda de recursos, para resistir los embates de un entorno hostil que hemos ido dominando.

Nadare, dominar el agua, Ciclare, recorrer grandes distancias pedaleando y Correre, sentir el aire en la cara a la carrera, son formas de comunión con nuestro verdadero ser, que la “civilización” se ha encargado de ocultar, de desfigurar, de allanar como engulle el mar nuestras huellas en la playa.

Y es por ello muy posible que entrenando, de forma inconsciente, busquemos despojarnos de todo el “bienestar” que nos trae el “progreso”, esperando que se desprenda a jirones mientras bajo soles, lunas, nubes o estrellas, recorremos bosques, montañas, carreteras, sendas, caminos, aguas y mares.

Y es por ello muy posible que mediante la competición, nos midamos con las otras “tribus”, demostremos nuestros atributos, colectivos e individuales, reforzando nuestra posición en el grupo. Es muy posible que así nos acerquemos a lo que fuimos y a lo que aún en lo más profundo, todavía somos. O puede que solamente sea un juego.

Ese lugar, situado en las abruptas y salvajes tierras de la Sierra de Cádiz, es la Forja de Titanes.

Fotografía/ Jorge Zapata

Titán de titanes

Alzó la mirada hacía la Torre Sagrada de Zahara. Una mirada nublada por el ligero vaho de sus gafas de nadar que debería eliminar cuanto antes si quería ganar esa carrera. Quería ser el Titán, el vencedor de la disputa anual entre iguales y para ello, debería mostrar su determinación y decisión desde los primeros metros. Dominar desde el comienzo, presionar a los demás con su ritmo, no dar opción ni tregua.

Ya no ansiaba, el oro, el prestigio, el reconocimiento social como recompensa personal a sus esfuerzos, sacrificios y privaciones. Ya los tenía. Logrados en innumerables carreras y lides, buscaba otra cosa allí entre las aguas del embalse de Zahara-Algodonales. Buscaba ser el Titán de los Titanes: “aquel al que sus hermanos rendirían pleitesía, admiración y respeto”.

Desplegó en su mente el secreto para dominar las aguas, recordando sus palabras, palabras, que habría de convertir en acción: Fluir. Ser abrazado y fundirse con el Agua. Ser agua densa que aparta las aguas sueltas. Convencer a las aguas de que se aparten, con el ritmo hipnótico de nuestras manos, brazos y entrecortado aliento. Renunciar al límite de nuestro cuerpo, volverse liso y plano. Evitar la turbulencia y la ira golpeadora, sujetar la espuma y danzar al extender los brazos y recogerlos de nuevo. Fluir y ser Agua.

Ajustó sus gafas de nadar, disipó las sombras del vaho de sus cristales y buscó con humildad en las miradas de los otros contendientes. No encontró ninguna cargada con suficiente determinación para derrotarle. Sonó la señal. Y fluyó entre las aguas.

Horas después, bajo la Torre Sagrada de Zahara, cruzó el primero el arco de meta que nos hace a todos iguales. Y se erigió en Titán de Titanes, “aquel al que sus hermanos rendirían pleitesía, admiración y respeto”. Y se sintió completo, admirado y respetado.

Fotografía/ Jorge Zapata

Carácter Titán

El Titán es esfuerzo, sufrimiento y recompensa, para todos sin excepción. Es un reto, para el debutante, el triatleta experto o el veterano Titán. Esfuerzo, sufrimiento y recompensa nacen de su intrínseca dureza, una dureza natural, pura, emanada del entorno donde se desarrolla. No es fácil discernir el origen exacto del sufrimiento, si es debido al recorrido, a tu condición, a tus limitaciones o a un compendio de todos ellos. Mientras otros han de adornarse de artificios para poder dotar de atractivos a sus pruebas, el Titán apenas presenta opciones para poder aligerarse de su extrema dificultad.

Desnivel, natural belleza, bella naturaleza y agrestes parajes, cálidas gentes, cuidados trazados, mimo y esmero, ingredientes todos de la más exigente prueba triatletita del territorio peninsular que demanda lo mejor de uno mismo, pero que entrega más de lo nunca pudieras imaginar. Dureza que elige, selecciona y otorga la condición de Titán, de la que ya nunca podrás, ni querrás desprenderte, es su seña de identidad.

Fotografía/ Diego Escobedo

Maestro Titán

Alzó la mirada hacía la Torre Sagrada de Zahara. Una mirada nublada por los destellos tempranos del sol, que aún perezoso, habría de remontarse en el cielo. Como ellos habrán de remontarse pedaleando hasta el lugar donde el cielo y las montañas se encuentran en el reto del Titán. Y lo hará una vez más, como ya había hecho antes en todas y cada una de las ediciones que se había celebrado la carrera. Por algo es el veterano maestro de Titanes. Por estar cada año presente, fiel a la cita. Necesita estar, llenar el vacío y sentir el orgullo y la alegría de disfrutar de cada momento empleado en llegar preparado al día del reto.

La escalada allá donde el cielo y las montañas se encuentran en el Titán, es un ejercicio de soledad. De soledad buscada, de soledad elegida y de soledad encontrada. Para ir en su búsqueda es necesario haber estado solo muchas veces antes, en otros cielos y montañas. Aquí no podrás probar tu capacidad de estar solo ascendiendo. Debes llegar vacunado de vértigo, ahíto de altura, ansioso de desnivel. Recordó una vez más el secreto de la escalada:

Vencer al miedo, mientras bajamos desbocados de los cielos acariciados por las aristas de las montañas. Apartar el aire, desviar el viento, alzados de codos desde nuestra máquina rodante y aparentemente sumisa, la cabeza gacha en respetuoso gesto y la mirada esquiva.

El veterano maestro de Titanes conoce cada palmo del camino. El primer ascenso, que aguarda nada más salir empapado y jadeante del embalse de Zahara-Algodonales, es un ejercicio de soledad serpenteante que enfrenta al abismo y a la mole de piedra. El abismo arrastra tu mirada tratando de obnubilarte con la absoluta belleza del valle que se empequeñece con cada metro ascendido. La mole de piedra arrastra tu mirada hacia arriba y te muestra inexorable todo lo que debes aún de esforzarte para superarla.

El segundo ascenso es sin embargo, incógnito, insinuado y sinuoso. Es además reservado, pues no se muestra, se esconde entre bosques, curvadas sendas y pendientes esquivas. Tan solo en su final permite que alivies tu soledad pensando que queda poco para abandonarla. Y es infinitamente largo, a la vez que traicionero pues una vez coronado, te impulsa veloz hacía la última trampa en forma de duras rampas que te reencuentran con la mole de piedra, antes de abandonarte al olvido del descenso final.

Ambos ascensos y sus vertiginosos descensos, son su hogar. Y con el júbilo del que regresa a casa, el veterano maestro de Titanes como año tras año, comenzó a escalar.

Fotografía/ Diego Escobedo

Titán de titanes

Alzó la mirada hacía la Torre Sagrada de Zahara. Una mirada nublada por el sudor, el sol turbador y el dolor de cada impacto. Ya no quedaban fuerzas, abandonado, tan solo quedaba determinación, la que debía de llevarle hasta allí arriba. Para mitigar el lacerante dolor de cada impacto, se repetía como un mantra las premisas de la carrera a pie:

Tocar, proyectarse y levitar hacía delante, de nuevo con la otra pierna, tocar proyectarse y levitar alternativamente. Así amplia y abiertamente, erguidos, potentes. Sentir el viento en la cara y beber de él en amplias inspiraciones, que devolvemos en forma de bocanadas. Vivos, rápidos, ligeros. Una y otra vez en movimiento permanente.

Aunque pudiera parecer lo contrario ante los espectadores que le observaban entre compasivos y admirados, aún se sentía correr. ¿Bastaría la determinación para llevarle allí arriba? Volvían de nuevo a aparecerse entre los reflejos del sol turbador, los fantasmas de la duda, sus compañeros de viaje durante los meses de preparación. No podrás terminar, no llegarás allí arriba repetían insistentemente.

Resonaban las palabras con cada impacto sobre sus rodillas. Las palabras brotadas de labios de Titán ante su temerosa pregunta, que le describían la carrera: la carrera es durísima, intensísima, solitaria y asoladora. Una catarsis desde el sufrimiento hasta la emoción y gloria de alcanzar la meta allí arriba, donde los Titanes han de subir para adquirir su condición. Caminarás en las descomunales cuestas hasta la plaza de Zahara de la Sierra. Y serás envuelto y acogido por la plaza en una fiesta auténtica, cuando el arco de meta nos haga a todos iguales, nos haga Titanes.

Apenas 3 kilómetros le separaban de encontrar de nuevo el abrazo de los suyos, su mujer y su hija, que hacía bien poco le habían jaleado animosas, escondiendo su preocupación entre gritos entusiastas. Reconoció sufrimiento en su mirada, de verle así, pero como quien sacude las sábanas en la mañana fresca, ella llenó sus ojos de rebosante ánimo. Ánimo, apoyo y empuje de su parte, nunca faltaron durante todo este tiempo de larga preparación, aun sin entender porque lo hacía. Ni el mismo sabía bien porque lo hacía. Pero ahora, a tan solo 3 kilómetros, tuvo la absoluta certeza de que si su determinación bastaba y le llevaba hasta allí arriba, donde los Titanes han de subir para adquirir su condición, ambos por fin, comprenderían.

La determinación, forjada durante horas eternas de preparación, basto y le condujo hasta el arco de meta que nos hace a todos iguales, Titanes. Y el nuevo Titán se encontró con los suyos y consigo mismo. Y al fin, juntos, comprendieron.

Un nuevo Titán | Titán Sierra de Cádiz